Proyecto de Vida

Este es el trabajo de “Proyecto de Vida” que se entregó hace una semana, la verdad que los que han tenido oportunidad de leerlo, lo han encontrado bastante extraño y lo es.

Es una manera personal en que expresé mi situación, lo que quiero y que luchare por ello. ¿Alguna pregunta? Con gusto las contestaré en los comentarios.

Dando por hecho que todo había acabado, que nada tenía solución, que su vida estaba llena de baches, desilusiones y cosas sin terminar, se venció contra la monotoneidad y la disciplina y responsabilidad que sugería el trabajo que tenía.

Claro, no es que, de hecho, sea el trabajo que todos quisieran, mucho menos el que él quisiera desempeñar «Pero por algo se empieza», es lo que en su mente albergaba cada día, cada hora, cada segundo. «Todo trabajo es digno».

Yendo y viniendo, subiendo y bajando, jalando y empujando. Codo a codo con todos los que le rodeaban, los que le referían miradas despectivas y menospreciantes, así, junto con todos los de su “estirpe”, los de su “estatus”, se desenvolvía, pero qué más da, así había sido siempre y así sería por toda la eternidad.

Jamás había pretendido ser más de lo que era, o pretender saber más de lo que sabía, él era simplemente él. No le pedía nada a nadie, pero intentaba dar todo a cambio de una mirada, una sonrisa, un simple «Gracias», un «Haces bien», un «Necesitaba eso», simplemente una muestra de gratitud, era lo que necesitaba, olvídense del dinero, del renombre… simplemente hacía las cosas porque debía… «Porque debía».

Cada día, al esperar el designio de su quehacer buscaba con la mirada, como escrutando el cielo nocturno en busca de algo más que el titilante brillar de las estrellas y la luna. Como quien escudriña en su bolsillo esperando encontrar algo, aún cuando sabe que está vacío. Aunque en realidad siempre buscaba algo, siempre buscaba a alguien en el horizonte. Esperaba ver esa cabellera oscura y lacia, ese par de ojos coronados con una majestuosa tiara de pestañas largas y oscuras, ese par de gruesos labios rosas.

Ese pequeño lunar que adornaba a la perfección la tez de su cara, ese aterciopelado tono de su voz.

No es que esperase encontrar en ella algo más que lo que era, alguien de mayor rango, alguien que por casualidad cruzaba su mirada con él y de vez en cuando una que otra palabra, una que otra sonrisa.

Lograba salir de su estupor cuando dejaba de ver el brillo de ese par de luceros oscuros, cuando ya no podía divisar aquel ir y venir de un mechón recogido por una banda elástica. Cuando aquel ser casi angelical salía por completo del dominio de su mirada. «Mañana lo haré, mañana la invito», es lo que siempre tenía en mente, lo que siempre esperaba hacer.

Pero la diosa de la suerte no podía ver algún sueño suyo hecho realidad, no podía dejarlo presenciar la felicidad una vez más. No de una forma tan sencilla. No sin que luchara por ello.

Al día siguiente intentó acercársele, pero aquella maldita suerte había jugado nuevamente en su contra, y aquel par de ojos oscuros se habían escabullido. No los encontraba en ningún lugar. Los buscó arriba y abajo, a izquierda y derecha, adentro y afuera; pero ya no los vio. «¡Maldita sea mi suerte!».

«Quizá no era para mí», pensó, «De seguro no era para mí», pensó días después, pero apenas podía alejar su pensamiento de ella. Es que simplemente se había acostumbrado a su presencia, a ver el reflejo de su imagen en el fondo de aquellos ojos. Pero jamás, jamás otra vez.

Entre el esfuerzo del trabajo, en los descansos que le dejaba disfrutar el quehacer de su labor, seguía pensando «¿Qué haré, qué vida disfruto?», no tenía vida fuera del trabajo, fuera de lo que ya hacía. Y no es que se aburriera, al contrario, se divertía todos los días, veía cosas nuevas, cosas que quizá jamás habría experimentado en la vida cotidiana que vivía antes.

Supo el olor de la sangre, la impresión de aquel carmesí plasmado sobre el cuerpo de alguien. Conoció el sentimiento de ver la llama de la vida extinguirse entre sus manos. Discernió la gratitud verdadera de la fingida. Aprendió como el puesto más humilde era tan indispensable como el más opulento.

Aprendió cómo vivir la vida sólo por vivir. Cómo era vivir el presente, morirse en el presente, esforzarse en el presente, para luego no preocuparse en el futuro, «Esto que hago hoy, en el futuro me será de utilidad». Conoció lo que era el placer de contar con la solvencia del dinero, de poder independizarse de lo que antes dependía. De aprender a vivir por él mismo y no por alguien más.

No es que, en efecto, haya decidido vivir solo «Algún día tendré una familia, y me esforzaré por ellos. Más y más cada día.» Sabía que, aunque no lo buscara, o si lo buscaba tanto mucho como poco, llegaría otro par de ojos hermosos en los cuales podría reflejarse toda la vida. Sabía que en el futuro, en el mañana, daría paso a otra nueva vida, otra la cual sacaría adelante y enseñaría todo cuanto sabía, compartiría con esa pequeña vida todas sus andanzas, todos sus sabores y sinsabores. Limpiaría sus lágrimas, lavarías sus heridas. Sería el ejemplo a seguir, sería el cimiento inquebrantable al cual aferrarse hasta en los días más oscuros. Sería el mejor.

Ahora podía preocuparse solamente en el presente. Salir adelante y esforzarse al máximo. No hacer trampa, no serviría de nada más adelante. «Si no lo logro por mí mismo, no vale la pena».

Lo tenía decidido, el día siguiente buscaría aquel par de ojos coronados de esas largas pestañas, aquella tez dorada adornada con ese lunar… y le haría saber que sería para él por siempre.

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