DÍA
Este texto se extrae del relato de Thyr y, tanto este como subsecuentes textos, pueden tener o no seguimiento directo con las entradas del blog que están antes o después de los mismos.
Gracias a quienes han dejado sus comentarios, los cuales contestaré con gusto.
DÍA
Todos los días gozaba de salir a pasear antes de realizar sus labores en la huerta, pues a veces encontraba en las cosas más sencillas el empuje que le hacía falta para comenzar sus quehaceres. Día tomó una manzana de uno de los árboles de su propiedad y salió a caminar.
Muchos se preguntaban cómo hacían Día y su madre para valerse por ellas mismas con la cantidad de bienes que producían, desde las manzanas, los licores o los deliciosos pasteles y pastelillos que adornaban todas las fiestas, grandes y pequeñas, del pueblo. Pero no les quedaba de otra, el padre de Día, Omot, había muerto hace varios años en un viaje camino a Limberd a vender sus productos. Desde entonces no había caravana que saliera de esa región sin protección suficiente contra los bandidos que gustaban de emboscar a quien se aventurara por los pasos montañosos que daban salida y entrada al valle donde Thyr se encontraba.
Usualmente con caminar entre los manzanos le bastaba para enamorarse del trabajo que sus padres habían hecho hace tantos años al sembrar cada uno de los árboles con sus propias manos y cultivar cariñosamente cada manzana como si fuera un hijo propio. Ojalá papá estuviera aquí pensaba a diario, pues su madre no era la misma desde el día en que le confirmaron que Omot no volvería jamás a cuidar su huerta. Pero esta vez Día había decidido tomar una ruta alterna.
Mordió la manzana.
Caminó bordeando los límites de su propiedad por una vereda apenas visible entre los pastizales que daban lugar a las montañas que rodeaban las planicies donde se asentaba Thyr, después dobló un poco hacia el Oeste, en busca de uno de sus lugares preferidos que visitaba cuando necesitaba pensar en algo.
Los suaves pastos eran preámbulo de una frágil línea de árboles que refrescaban la ribera del río. Siguió a contra corriente por el hilo de agua. Siempre le había parecido curioso cómo el río, a medida que se acercaba a la montaña, parecía correr más presuroso, como intentando alejarse rápidamente de esas nubosas cumbres.
Cuando al fin llegó al claro donde una gran piedra se remojaba plácidamente en la ribera, las aguas del río habían dejado de ser un leve murmullo para convertirse en miles de voces que parecían hablarle, contarle historias en lenguas olvidadas por el tiempo. Subió a la piedra, descalza, y se recostó boca arriba para poder admirar el vaivén hipnótico de las hojas de los árboles y sentir cómo el rocío de la corriente le acariciaba la cara.
Estando ahí siempre se le olvidaban sus preocupaciones o encontraba la forma de solucionar sus problemas de forma que se escapaban a su pensamiento en cualquier otro lugar. Era su fortaleza, el lugar donde nadie podía perturbarla, donde siempre encontraba la paz que le hacía falta. Además, era el lugar donde su Omot le había enseñado a Día a meditar, a pensar las cosas con calma.
De cierta forma pensaba, en especial desde que su padre no se encontraba más con ellas, que era el lugar donde el espíritu de su padre rondaba y le aconsejaba qué hacer.
El viento sopló y las ramas de los árboles bailaron con más intensidad dejando entrar la calidez del sol matinal que acarició las mejillas de Día, justo como lo hacía su padre cuando la despertaba por las mañanas. –Despierta, Lianna – solía susurrarle y no bastaba más que una caricia de sus manos cálidas para hacerla despertar.
Minutos después de haber terminado la manzana se reincorporó, pero algo en el rabillo de su ojo no le cuadraba, algo que no había visto anteriormente, una extraña piedra más se recostaba en las riberas del río. Habrá caído de las montañas, pensó, pero era imposible, la única piedra más grande que una mano apuñada era sobre la que estaba sentada, los alrededores eran solo tierra, árboles y matorrales.
Cerró los ojos un momento, para sacarse de la vista los pequeños puntos de luz que había dejado el sol en su visión y al abrirlos nuevamente fue como si un par de dedos fríos le recorrieran la espina dorsal. Se le erizó la piel. Un cuerpo se tendía sobre las costas del río, un hombre de ropas grisáceas y con mechones de cabello, oscuro como la noche, discurriéndole sobre la frente yacía inmóvil en el suelo.
No recordaba en qué momento pasó de estar sentada a estar de pié, con una mano sobre la boca, aterrorizada. No sabía qué hacer, si salir corriendo a pedir ayuda, si gritar, si soltarse a llorar. Cerró los ojos de nuevo e inspiró profundamente, pero poco ayudó para calmarla, si alguien había asesinado a ese hombre, podría estar por ahí todavía, sintió nuevamente cómo el miedo invadía todo su ser.
Abrió los ojos y, cuando volvió en sí, se dio cuenta que ya estaba a pocos pasos del cuerpo, sintió cómo su vista se nublaba con las lágrimas que le comenzaban a brotar. Volvió a cerrar los ojos. Inspiró y suspiró. ¿Por qué sigo aquí, por qué sigo viéndolo, por qué me acerco? Abrió los ojos nuevamente y notó que el cuerpo no estaba tan inerte como había pensado, el hombre respiraba pesadamente y sus ojos estaban cerrados con fuerza, como negándose a abrirlos nuevamente.
La corriente comenzaba a despegar al hombre de la orilla, Día corrió presurosamente y lo sacó del agua. El hombre no era tan pesado como sugería su estatura, horrorizada se dio cuenta que el cuerpo que había sacado del agua estaba en los puros huesos y la piel arrugada por la humedad, como la piel de una manzana que se ha dejado olvidada por semanas sin ser consumida.
Lo arrastró hasta un claro, pasando los árboles, donde la luz del sol pudiera calentarlo, lo recostó boca arriba y sin reparar en que no se había puesto los zapatos nuevamente corrió de vuelta hacia su casa para buscar ayuda.

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Esta vez te dejaré pocos comentarios con respecto al texto anterior.
Vuelvo a insistir con el exceso de adjetivos. En algunos párrafos, las excesivas descripciones interrumpen incluso la narración.
Ya sabemos que hay cuestiones de estilo personal y eso, pero, al menos así lo considero, cuando escribimos una historia estamos narrando una sucesión de hechos. Las descripciones nos permiten ubicarnos en el espacio del personaje, si nos excedemos de descripción lo que estamos haciendo es sólo ubicar el paisaje y quedarnos con muy poca acción.
A veces siento que insistes con los calificativos para reforzar el ambiente que estás creando, pero eso puede conllevar fallas u omisiones que pueden evitarse y que ofrecerían un texto más limpio. ¿Qué es una frágil línea de árboles? ¿Cómo un cuerpo puede no estar “tan inerte”? Es sólo un ejemplo.
Hay algunos detalles con unos “que” y unos “le, la, lo” que están de más, seguramente los identificarás con la re-lectura.
Me gustan los párrafos en los que la descripción da paso a un recuerdo, como ése donde Día recuerda cómo la despertaba su padre. La descripción se justifica con ello y da un buen sabor a ese segmento del texto.
Hablando del personaje, no termina de adquirir forma. Quizá la parte que me causó conflicto en el sentido de no terminar de identificar las características del personaje, fue el momento en que Día descubre el cuerpo del extraño. Revisa bien las emociones que el personaje vive así como la forma en que las refleja y, finalmente, la forma en que quieres que sean captadas.
Me parece interesante que Día tenga una lucha mental entre socorrer al extraño o huir, pero siento poco natural estar “con una mano sobre la boca, aterrorizada” sin saber qué hacer. Esos últimos tres párrafos se pueden pulir y ser una joya.
Soy muy criticón, ¿verdad?
saludos!
Me parecen muy adecuados tus comentarios, la crítica siempre que lleven buenas intenciones. Quizá no expliqué bien, al principio Día piensa que el cuerpo yace sin vida, que está inerte; Luego se da cuenta que la persona sigue con vida.
Lo de la mano en la boca, sí entiendo, quizá me faltó enfatizar en que pasó de estar sentada volteando hacia el cuerpo a estar de pié sin reparar en ello.
De nuevo, gracias por las críticas.