CASCOS EN LA OSCURIDAD
Este texto se extrae del relato de Thyr y, tanto este como subsecuentes textos, pueden tener o no seguimiento directo con las entradas del blog que están antes o después de los mismos.
Gracias a quienes han dejado sus comentarios, los cuales contestaré con gusto.
CASCOS EN LA OSCURIDAD
Harad montaba presuroso por un paisaje lleno de árboles y bajo una luna impávida, llena y luminosa. La maleza parecía abrirle el paso y las ramas de los árboles apenas y osaban tocar su cuerpo o el de su caballo. En la oscuridad, sólo los cascos de su montura resonaban. La brisa húmeda rociaba su rostro coronado por un capuchón gris y su mirada estaba fija hacia adelante. No quería ni imaginar qué venía detrás de él, mucho menos ver.
Su imaginación le hacía jugarretas, por el rabillo de los ojos creía ver otras monturas sombrías con jinetes que levantaban sus espadas amenazantes o apuntaban con arcos hacia él, pero cuando hacía el esfuerzo de voltear a verificar, las formas se difuminaban con las sombras que la luz de la luna llena proyectaba a su alrededor. Sabía que estaba solo, solo con su caballo, pero el temor sugestionaba su mente y creía escuchar cascos, pisadas y voces. Golpeó los costados de su caballo deseando que galopara aún con más celeridad.
Atrás dejó aquel tumulto de árboles en los que unas noches atrás habían acampado, casi podía recordar en qué lugar había tomado asiento para descansar pero eso no tenía importancia. Debía cabalgar, cabalgar como nunca lo había hecho y como quizá nunca lo hará jamás nuevamente. El paisaje cambió, de un pasto casi inexistente a un manto frondoso y verde, suave para una cabalgata más tranquila y silenciosa, unos cuantos arbustos aquí y allá, lo más importante es que podía ver qué había delante por un kilómetro, quizá más.
No sabía si el temor que lo invadía le hacía jugarretas, según sus cuentas ya debería haber amanecido, pero aún así parecía que el sol simplemente se negaba a salir y ahora que tanto necesitaba la luz del sol, sentía escapar la fuerza de sus manos y le era cada vez más difícil asirse de las riendas de su montura. Sentía un frío que le hacía encorvarse sobre la silla de su caballo.
¿Por qué hace tanto frío? Frente a él tenebrosos dedos blancos hechos de bruma y neblina comenzaban a ocultar el horizonte y Harad no tenía más remedio que cabalgar hacia ahí. No sentía los dedos de las manos.
A medida que avanzaba la visibilidad se le iba acortando hasta llegar el punto en que no sabía si seguía avanzando, pues solo veía blanco por todos lados. La humedad de la neblina hacía que la cara le doliera y aunque trataba con fuerza de contenerse, no podía evitar tiritar y los dientes ya le castañeaban. Nunca en su vida había sentido tanto frío.
No podía siquiera imaginar qué les había pasado a sus compañeros, pero no podía ser nada bueno, nunca se había visto que Henneden mandara un jinete de vuelta y eso significaba una cosa: nadie sobreviviría salvo él y en él residía la única esperanza de que todos Gar’Dulmar sobrevivieran. El pensamiento le revolvía el estómago, pues si bien recordaba no había muchos soldados que pudieran defender la ciudad, casi todos los que estaban aptos para luchar habían sido mandados junto con él o con el contingente anterior.
La única forma en que podía ser de ayuda es si llegaba primero a alguno de los puestos de vigilancia que había en el camino y mandar aves mensajeras no solo a Gar’Dulmar, sino a las ciudades cercanas solicitando refuerzos y evitar que el enemigo siguiera avanzando. También había que desalojar la ciudad, pues era el punto de entrada desde estas regiones y si el ejército opositor pretendía seguir avanzando, la única forma era aplastar su ciudad natal con todos quienes la habitaban.
Los pastos dieron pié a otro bosque y las formas ominosas de los árboles retorciéndose entre la bruma no hacían nada para alentarlo a seguir adelante, pero si no había perdido el sentido de la orientación entre la neblina, no faltaría mucho para llegar al primer puesto de vigilancia, ahí de seguro encontraría cobijo, comida y las aves que necesitaba para hacer llegar su mensaje más rápidamente.
Poco a poco el suave terreno se fue tornando más duro a la vez que pasaba por una hondonada donde los árboles se fueron dispersando poco a poco y con ellos la neblina se disipó lo suficiente para dejarle ver el terreno que tenía en frente. El trote de su caballo había disminuido considerablemente teniendo oportunidad de abrir y cerrar las manos sobre las riendas en lo que subía una ladera y descubrió con un poco de alivio que seguía teniendo sensibilidad en las manos.
Ya no faltaba mucho para llegar, en la cima de esa pequeña depresión pudo ver con claridad el puesto de vigilancia conformado por una cabaña adjunta a una torre de no más de cinco metros de altura, rodeada por una empalizada con dos aberturas para permitir el paso de un precario camino que iniciaba un poco antes de llegar a ella y que solo se distinguía del terreno salvaje por unas pocas huellas que habían dejado en su camino hacia el norte.
Propiamente dicho era la primera barrera de contención, si así se podía denominarsele, para estas tierras olvidadas y temidas desde hace mucho tiempo. Los ancianos cuentan terribles historias de tierras norteñas en donde cosas extrañas pasaron en tiempos pasados y sirven bien para asustar o entretener a los más pequeños. Muchos dicen que, para bien o para mal, todas estas historias habían pasado a ser simples cuentos de hadas y, con el pasar de las generaciones, se le añadían o sustraían cosas para adaptarlos, para hacerlas más interesantes o aterradoras.
Lo cierto es que ahora muchos piensan que esas historias son solo eso, cuentos para niños, pensados para entretener y quizá por ello estos puestos de vigilancia habían quedado casi en el olvido y sus murallas empalizadas habían sido devoradas por la naturaleza desde hace varias generaciones..
La puerta norte, por la que él entraría, estaba abierta de par en par y una de las antorchas que le daban la bienvenida estaba apagada. La cabaña tenía sus cimientos de piedra caliza y al ir subiendo se conformaba con pesados troncos, las ventanas que veían a los cuatro puntos cardinales estaban cerradas y no se veía señal de movimiento en la torre de vigilancia.
Desmontó, se acercó a la puerta de la cabaña y tocó tres veces. No hubo respuesta. Recargó la mano izquierda sobre ella y mientras la abrió desenfundó su arma con la otra mano. Entró con espada en mano, dispuesto a todo, pero extrañamente no encontró a nadie, las cosas que había dentro no describían señal alguna de violencia. Nadie respondía a sus llamados.
Paso a paso, lenta y cautelosamente recorrió la cabaña pero ninguno de los cinco vigilantes estaba a la vista. Las aves mensajeras, pensó y presurosamente tomó unas hojas, pluma y tinta para escribir los mensajes. Cuando terminó subió los estrechos escalones de la torre de dos en dos y, luego, con toda la prisa que le permitía su indumentaria, trepó las escaleras hasta llegar al punto más alto de la torre. La jaula estaba vacía, abierta y los depósitos de comida para las aves estaban totalmente llenos parecía que los pájaros habían escapado en el momento en que se les estaba dando de comer, pero eso era poco probable, las aves estaban entrenadas para no huir de sus jaulas aún si se dejaban abiertas.
No había de otra, no tenía tiempo para detenerse a pensar –ni lo quería- en qué había pasado aquí, por qué no había nadie aquí. De menos ya tenía los mensajes escritos, pero debía apresurarse a llegar al siguiente puesto de vigilancia.
Bajó nuevamente, pero al ir bajando los escalones sintió nuevamente ese frío terrible. ¿Por qué no amanece todavía? Se quejó para sí mismo, mientras abría y cerraba las manos buscando calentarlas. Se quitó los guantes y se frotó las palmas de las manos en lo que buscaba algo de beber para seguir su camino.
La puerta de la cabaña se abrió se súbito y con el susto Harad dejó caer la botella de licor que había encontrado, la neblina comenzó a entrar en la cabaña y afuera el caballo relinchó, el manto blanco de la bruma parecía materializarse y el frío lo invadió, impidiéndole moverse, sentía cómo las manos comenzaban a cerrarse por cuenta propia y sin control alguno de su cuerpo cayó al suelo espasmódicamente, el estómago se le acalambraba, no podía ni hablar y en un grito sofocado por la agonía se retorció en el suelo mostrando solo el color blanco de sus ojos hasta que quedó inerte y sin vida.

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Mismo comentario de los dos anteriores: demasiados adjetivos.
Los ancianos cuentan terribles historias de tierras norteñas en donde cosas extrañas pasaron en tiempos pasados.
Hay varios pasajes del texto donde este patrón se repite, identifícalos e intenta nuevas formas de dar contexto a una acción reduciendo el número de adjetivos.
Veo algunos detalles en el uso de verbos y conjugaciones: Cosas menores que se resuelven con un par de lecturas de corrección.
Por lo que veo, estamos ante una especie de relato de misterio ambientado en una historia de épica fantástica. Suena bastante bien.
El ritmo es bastante bueno, pero a veces lo interrumpes para explicar elementos que, si los omites, no afectan al desarrollo del texto. Por ejemplo, los dos párrafos que explican la razón de ser del puesto de vigilancia (desde “Propiamiente dicho…” hasta “…varias generaciones”) pueden omitirse sin ningún efecto negativo para el texto.
La narración nos va conduciendo, junto con el personaje, a ese lugar, estamos por llegar al climax y, de pronto, nos detienes con una explicación un tanto ambigua sobre la necesidad de la existencia de un puesto de vigilancia.
Hay un par de momentos donde también se interrumpe un poco el ritmo que debes identificar.
En general, el texto es bueno: das un par de pautas que permiten imaginar que algo está ocurriendo (una guerra, un enfrentamiento), sabemos que hay un enemigo, sabemos que el mensajero debe cumplir una misión, no importa que desconozcamos las palabras precisas del mensaje, no importa que no sepamos el por qué tiene que ir tan rápido, eso no importa en este texto, lo importante es él, lo que siente, su esfuerzo por llegar. Ese manejo me agrada bastante.
Está el elemento de la bruma. Resulta atractivo.
Sin embargo, al momento de la resolución del texto, en esas últimas líneas en las que tu personaje se enfrenta finalmente a tu destino, tienes que darnos algo más a cambio de la vida del personaje.
Tal parece que el pobre muere en vano, pero tiene que haber algo más. Si lo quieres ver de este modo: hace falta la epifanía.
Saludos!
Muchas gracias por el comentario, y yo que pensé que había usado menos adjetivos en este. Intentaré mejorarlo aún más, igual lo de los pequeños detalles del ritmo quizás ea por su naturaleza de texto inédito -si lo releo y cosas así- pero supongo que no siempre mi ritmo es el más adecuado.